⚽️ Así manejan el fútbol las barras bravas

Barras bravas
Barras bravas

Las barras bravas. El cóctel explotó el otro día, en la final, pero para nosotros, los que estamos en el fútbol argentino hace años, lo del River-Boca fue un hecho más, aunque tuviera otro eco, mayor trascendencia. Esto pasa aquí una vez por mes, mínimo”, nos cuenta Gustavo Grabia, periodista argentino de TyC que pasa por ser el mayor experto en barras que tiene el periodismo argentino.

El dominio de los hinchas radicales sobre el espectáculo no es de esta final, ya lleva años. “La génesis -dice Gravia- se da a fines de los 60, aunque el término barras se usa por primera vez ya en los 30. Todo se agudiza a partir de los 70 en la era de Alberto José Armando, presidente de Boca, que arma la primera barra con privilegios como entrar gratis a la cancha, pagarles viajes fuera, darle camisetas firmadas, comer con los jugadores una vez por mes…”.

Es muy complejo, en un país complejo como la Argentina, explicar el fenómeno de las barrabravas desde el hecho aislado de lo que pasó en la final de la Libertadores. El asunto tiene profundas razones políticas y hasta sociales, dice Gravia: “De ocho años a esta parte, los propios narcos, cuando quieren ingresar a los barrios, pactan con los barras, porque ellos manejan todo: el fútbol, sí, pero también las ayudas sociales de las barriadas, hay mucho dinero. Dominan los clubes y los barrios, con vínculos con la Policía del barrio y del estadio”.

Mismo abogado

Baste un ejemplo: Rafa Di Zeo, histórico dirigente de La Doce de Boca, tenía por abogado al mismo que tenía el comisario de la Policía del Barrio de La Boca. El poder de los hinchas violentos tuvo otro ejemplo en la reciente época del Kirchnerismo, que le pagó el viaje a la barra al Mundial de Sudáfrica a cambio de que fueran la fuerza de choque ciudadana en las calles de la gran urbe, Buenos Aires.

Para darle mayor valor a esta explicación de la connivencia entre el poder político y las barras contactamos con Jaime -por supuesto, nombre ficticio-, que, tras pedir ese anonimato, nos brinda un testimonio de una crudeza increíble. Él ya está fuera y tiene una vida normal: “Cuento esto aquí, en MARCA, por si sirve para que alguno cambie el rumbo de su vida. ¿Qué te lleva a ser barrabrava? Ser líder, que se te conozca y te teman. Cuanto más le pegas a un barra rival, subes más en la escala, se te respeta más. Robarle una bandera al rival te posicionaba mucho, por ejemplo. Recibías entradas de dirigentes, y tenías beneficios en ese mundo. Cuantas más piñas tirabas a los rivales, más te consideraban los compañeros”.

El día del cambio

“Somos -continúa Jaime- muchos hermanos. Todos somos del mismo club, pero uno de ellos es del eterno rival, del enemigo del club al que yo defendía como barra. En un clásico tuvimos una pelea contra ellos, y, de pronto, vi a mi hermano ensangrentado. Eso me hizo cambiar el chip y renegar de ese mundo. Era mi hermano, pero podía haber sido el tuyo, el mecánico o el bancario. Comprendí que la pasión no debe implicar violencia de ningún modo, Me costó”.

No se entiende el fenómeno barrabrava sin el papel del dirigente. Lo explica Jaime: “El dirigente, por lo general, siempre nos financió. En mi club nos apoyaba económica y logísticamente. Y ellos también usan al barra para enviar mensajes políticos o, a modo privado, nos usan para cobrar deudas personales con alquien que les debe dinero -apriete-. También hay dirigentes en contra de los barras, pero que tienen miedo. Si pasa una moto delante de tu casa con tus hijos, y te meten tres tiros ahí dentro, es comprensible tener miedo. O que te pongan una bandera en el estadio en contra”.

Barras bravas: La anécdota del taxi

El reciente exMinistro de Deportes de Argentina, Carlos Mac Allister, nos da alguna clave más: “Las barras se hicieron con el poder porque los dirigentes de los clubes y la política permitieron que montaran verdaderas empresas. Yo entendí todo con esta anécdota: un día me subí en un taxi y conducía un exjefe de la barra de un exclub mío. ‘¿Cómo te va?’, le dije. ‘¿Ya no estás en la barra?’. Y me contestó: ‘No, Colo [así llaman a Mac Allister], la vendimos ya. Los pibes jóvenes vienen con fuerza y ya no podíamos sustentar las 12 líneas de negocios que teníamos: las banderas, los autobuses, las camisetas firmadas, las entradas, los párkins del estadio, la droga…’. Ahí -sigue Carlos- entendí que las barras es un negocio organizado para delinquir”.

Ocho tiros en la espalda

La crudeza de las barras llega a niveles que todos hemos visto en la tele. A nuestro Jaime le tocaron varias. “Un día estábamos peleando con las manos, éramos 80 y ellos 30. Al verse acorralados, rompieron los códigos y me pegaron un balazo. Fue muy cobarde, pero era mi culpa, por estar en un lugar erróneo. En una segunda, me peleé a los puños también. Al perder, la barra rival vino a buscar venganza junto a un menor [los usan para evitar la cárcel] y uno me pegó ocho tiros, de los cuales dos me dieron en la espalda [Jaime nos señala su parte trasera]. Por lo menos lo puedo contar”.

Y es que ser líder es esencial dentro del código barrabrava: Gustavo Grabia lo explica: “Este fenómeno se hizo una bola en Argentina y la gente les toma como líderes de las tribunas, le siguen sus canciones, avalados por los propios clubes. En la dictadura militar de los 70, las barras ejercieron de oposición, como pequeños ejércitos revolucionarios. En los 80 hay una explosión de violencia en el país y les sirve a los clubes como fuerzas de choque institucionales. Era algo claro”.

Falta de identidad

Grabia nos analiza cómo el dinero llegaría más tarde a las barras: “En los 90 empieza el apoyo popular a las barras, porque el fútbol argentino depositó su identidad en ellas, y tomaron el poder total. A partir del 2000, si se fijan, ya no hay grandes peleas entre barras de clubes distintos sino dentro de los propios clubes, intrabarras. ¿Por qué? Por el dinero, por el poder. Y comienza otro fenómeno: en las barras ya no hay ni siquiera fans de los clubes, sino delincuentes que ven dinero y protección política si pertenecen a este gremio. De hecho, ahora, el lugar del barra visitante lo ocupa la barra disidente del propio club”.

Y así se escribe esta historia que terminó con el ridículo mundial de la (no) final del Monumental, esa que el diario La Nación, el de mayor prestigio del país, aunque no el más leído, describía estos días como el Papelón de todos los tiempos, que llegó incluso a provocar una crisis en el Gobierno de Mauricio Macri con la renuncia del Ministro de Seguridad de Buenos Aires, Martín Ocampo. La Barra Libre lo pudre todo.

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